Una mirada, un choque, unos segundos, una música, una situación, dos manos, cuatro ojos, miles de sentimientos.
Si algo quería ahora ya no era un cigarro, ni nada para colocarse. Ni si quiera una botellita de vodka que se podría haber comprado en cualquier tienda abierta a esas horas. Simplemente quería sus labios, una noche más, pegados a los suyos. Destilando en él la droga más tentadora de todas: su sabor. Su dulce y amargo sabor, indefinible.
Le bastó con que sus labios se rozasen una décima de segundo para que algo en su cabeza sonase. Crack, crack, ¡Piensa!
No hay comentarios:
Publicar un comentario