martes, 1 de diciembre de 2009

Sweet thirty-two





Le encantaba su palidez, sus ojos negros, sus labios, su mirada, su forma de caminar, de moverse, su voz, todo. Le encantaba. Y tenía ese maldito poder para volverle estúpido y dejarle sin palabras, para dejarle mudo y poner su corazoncito a mil. Ese efecto que tan poco le gustaba. Al fin y al cabo aunque fuese insignificante era una persona de ideas claras, y ella desmontaba su mundo, lo ponía del revés y lo batía para que su cerebro al igual que una Coca-cola se desbordase a la hora de pensar.
Tal vez no fuese aún demasiado importante, pero le daba fuerzas para levantarse cada mañana a cuatro grados y ponerse el iPod con esta canción:









It´s really good to hear your voice saying my name, it sounds so sweet coming from the lips of an angel. Hearing those words, it makes me weak.

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