Tenía ese don para hacerle sentirse aún más insignificante, para hacer que se preocupase tanto por ella que quisiese desaparecer para volver a aparecer en un mundo en el que si la viese llorando pudiese abrazarla y decirle que todo iría mejor.
Pero él no podía hacer nada, más que quedarse quiero y mirarla, esos ojos cristalinos que tal vez no dijesen nada, pero él entendía como la sinceridad absoluta.
sábado, 28 de noviembre de 2009
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