domingo, 8 de noviembre de 2009

Sweet twelve



Él era un chico rubio, de piel muy clara, excesivamente delgado para su altura, de ojos grises totalmente inexpresivos. Siempre llevaba unos cascos grandes, antiguos y bastante rotos a los que se les caian las almohadillas para los oidos, solía vestir una chaqueta de chandal totalmente roja con el color bastante perdido de tantos lavados y unos vaqueros. Tenía una irremediable manía, llevaba cada día desatado uno de los cordones de sus deportivas blancas viejas, esa era su única manía.
Vivía desde el día en que nació en Norwich en la misma pequeña casa, con un pequeño jardicito, propiedad privada de sus padres, los dueños de la casa. Su habitación estaba en el segundo piso de la casa y la cama donde solía pasar cientos de horas muertas leyendo libros estaba encajonada en la esquina de la habitación. El escritorio con el ordenador desde el cual solía hablar con sus pocos amigos y algún conocido de la red estaba frente a la ventana.
Por la ventana cada mañana veía a su padre, al cual veía como un desconocido tanto como a su madre, coger el coche de su garaje para irse a trabajar, poco antes de que él, con su mochila colgada del hombro y su pelo despeinado, saliesen también de casa hacia el instituto.
Siempre que iba hacia el instituto pensaba lo mismo, cada día mientras caminaba sorteando charcos solo podía pensar en porqué en aquella maldita ciudad nunca salía el sol, porque siempre estaba oscuro y hacía tanto frío.
El instituto también era siempre la misma mierda, él solo tenía allí dos o tres personas, sus buenos amigos, pero solo ellos, el resto de personas para él eran completos desconocidos, gente con la que no quería hablar o que nunca habían sido importantes para su vida. Las clases también le parecían aburridas, todas iguales, horas que pasaba mirando llover por la ventana o dando con el bolígrafo en la mesa para contar cada uno de los segundos que pasaba y seguía allí.
Al fin y al cabo él quería llorar, se moría de ganas por ponerse a llorar, pero realmente no le salían las lágrimas, porque esa vida era lo que él siempre había querido, la tranquilidad y la monotonía. Hacía años que había decidido conformarse y abandonar la mayor parte de los cambios y la emoción en su vida, se había vuelto rutinaria.

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