domingo, 10 de enero de 2010

Sweet fifty-six

Pequeñas gotas caían al suelo al mismo ritmo que el reloj pasaba los segundos, una tras otra iban haciendo cada vez un charco mayor. Un minuto para sesenta gotas, el suelo se iba tiñendo de rojo que reflejaba la negrura de la noche.

Se asomó a la ventana haciendo que las gotas cayesen ahora a la calle, cayendo desde una distancia de cinco pisos, a una velocidad cada vez mayor. Sentía que le empezaban a fallar las fuerzas, y dibujó una sonrisa en su cara. Apoyando principalmente su brazo derecho consiguió sentarse sobre el alfeizar de la ventana, dejado sus piernas colgando hacia el exterior. Cerró los ojos y sintió la lluvia dandole en la cara. Le produjo la risa, no podía evitarlo, ya estaba loco de remate, simplemente... saltó.

Pero un ángel nunca muere.

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